Reflexión 9

Las cosas que hacemos por última vez

Hay gestos que realizamos por última vez sin saberlo. Cerramos una puerta, recorremos una calle, nos sentamos en una mesa conocida o conversamos con alguien creyendo que habrá otras ocasiones. Nada anuncia que ese momento no volverá a repetirse.

La mayoría de las despedidas importantes no se presentan como despedidas.

Una persona cambia de trabajo y solo después comprende que cierta mañana fue la última en que recorrió aquel pasillo. Una familia deja una casa y, entre cajas y asuntos pendientes, alguien apaga por última vez la luz de una habitación donde transcurrieron años. Dos personas toman un café sin imaginar que nunca volverán a encontrarse de esa manera.

Mientras ocurre, el momento pertenece a la continuidad habitual.

Precisamente por eso no lo observamos de una forma especial. Estamos acostumbrados a que las cosas regresen. Mañana volveremos a abrir la misma puerta, llamaremos a esa persona, pasaremos por aquel lugar o repetiremos una conversación semejante. La vida cotidiana se sostiene, en parte, sobre esa confianza silenciosa en la repetición.

Hasta que algo cambia.

No necesariamente sucede de manera dramática. Una rutina se modifica, alguien se traslada, una relación pierde cercanía, una etapa termina o simplemente dejamos de hacer algo que durante años había formado parte de nuestros días.

Tiempo después podemos intentar encontrar el instante exacto en que ocurrió por última vez.

¿Cuál fue la última conversación?

¿Cuándo dejamos de recorrer aquella calle?

¿Qué dijimos la última vez que estuvimos allí?

Muchas veces no conseguimos recordarlo.

La memoria conserva con mayor facilidad aquello que sabíamos importante mientras sucedía. Pero las últimas veces suelen esconderse dentro de días comunes y adquieren su significado únicamente después, cuando ya conocemos lo que vino a continuación.

Entonces un momento insignificante puede cambiar de lugar.

Una fotografía casual se convierte en la última imagen de una etapa. Una frase ordinaria resulta ser lo último que alguien dijo antes de que la relación cambiara. Un trayecto que hicimos distraídos termina siendo la última vez que atravesamos un lugar que había acompañado una parte importante de nuestra vida.

Nada de esto significa que debamos vivir intentando reconocer cada posible despedida. Sería imposible. La continuidad cotidiana necesita que muchas cosas parezcan destinadas a repetirse.

Pero hay algo revelador en descubrir que una parte de nuestra historia está hecha de finales que nunca vimos llegar.

No todo termina con una decisión, una ceremonia o una despedida.

Algunas cosas simplemente dejan de ocurrir.

Y solo mucho después comprendemos que hubo un día completamente común en que las hicimos por última vez.

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