Reflexión 8

El día que no recordaremos

Hay días que parecen desaparecer apenas terminan. No contienen una noticia importante, una decisión capaz de cambiar algo ni una escena que imaginemos recordar dentro de muchos años. Comienzan, transcurren y terminan entre actividades conocidas, pequeñas obligaciones y conversaciones que pronto se confunden con muchas otras.

Nos levantamos, preparamos algo para desayunar, revisamos el teléfono, salimos de casa o comenzamos a trabajar. Respondemos mensajes, resolvemos asuntos pendientes, pensamos durante unos minutos en algo que nos preocupa y después dirigimos la atención hacia otra cosa. Al final de la jornada podemos sentir que no ocurrió nada especialmente significativo.

La memoria suele conservar otros momentos.

Recordamos viajes, pérdidas, encuentros, celebraciones, decisiones importantes y días en que algo cambió de manera evidente. Al mirar hacia atrás, una vida puede parecer construida alrededor de esos acontecimientos porque son ellos los que aparecen con mayor facilidad cuando intentamos contar nuestra historia.

Entre uno y otro hubo miles de días que casi no dejaron recuerdo.

Días en que alguien puso la mesa, esperó que hirviera el agua, caminó hacia el trabajo, abrió una ventana, compró algo para la casa o conversó unos minutos con una persona cercana. Momentos demasiado habituales para convertirse en acontecimientos y demasiado numerosos para permanecer individualmente en la memoria.

Es fácil pensar que fueron solamente el espacio entre las cosas importantes.

Pero una vida no está hecha únicamente de aquello que recordamos.

Las costumbres se formaron durante esos días. Los vínculos crecieron dentro de conversaciones que probablemente nadie podría reconstruir. Un niño cambió mientras sus padres lo veían cada mañana. Una amistad se volvió cercana después de innumerables encuentros que nunca fueron considerados memorables. Una casa llegó a sentirse propia mediante gestos repetidos tantas veces que dejaron de llamar la atención.

Incluso nosotros fuimos cambiando allí.

No siempre existe un instante preciso en que una preocupación pierde fuerza, una idea deja de convencernos o una manera de vivir comienza a transformarse. Muchas veces esos desplazamientos ocurren durante períodos que después recordamos apenas de manera general.

La memoria selecciona.

La vida, en cambio, tuvo que atravesarlo todo.

También las tardes sin acontecimientos, los trayectos repetidos, las comidas habituales, las noches en que simplemente nos acostamos sabiendo que al día siguiente volveríamos a comenzar.

Por eso resulta extraño encontrar una fotografía antigua de una escena completamente común. Una mesa, una habitación, alguien sentado junto a una ventana. Nada extraordinario parece estar sucediendo y al mirarla muchos años después descubrimos que aquello que entonces parecía cotidiano pertenece ahora a un mundo que ya no existe.

Ese día probablemente no quedó en la memoria.

Pero fue vivido.

Y acaso una parte considerable de nuestra existencia tenga precisamente esa forma: días que nunca llegaremos a recordar y que, mientras estaban ocurriendo, eran simplemente nuestra vida.

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