La conversación que nunca ocurrió
Hay conversaciones que ocupan años sin haber sucedido nunca. La mente ensaya respuestas, corrige frases y construye encuentros imaginarios que, muchas veces, terminan revelando algo importante antes de que una sola palabra llegue a pronunciarse.
Aparecen mientras caminamos, conducimos, esperamos una llamada o realizamos alguna tarea que apenas requiere atención. De pronto alguien está allí, aunque no esté. Escuchamos lo que podría decir, respondemos, modificamos una frase y volvemos a comenzar desde otro punto. La conversación adquiere una precisión que difícilmente tendría en la realidad.
En algunas ocasiones se trata de algo pendiente. Una explicación que nunca encontramos el momento de dar, una pregunta que evitamos durante demasiado tiempo, una disculpa, una despedida o aquello que habríamos querido decir cuando todavía era posible hacerlo. Otras veces no existe siquiera la intención de hablar. Sabemos que probablemente ese encuentro nunca tendrá lugar y, aun así, la conversación continúa apareciendo.
Lo extraño es que rara vez permanece igual.
Con el paso del tiempo cambian las palabras que atribuimos al otro y también nuestras respuestas. Aquello que al comienzo necesitaba ser defendido puede dejar de parecernos importante. Una explicación largamente preparada pierde sentido. La frase que durante meses esperábamos escuchar deja de ser necesaria. Sin que la conversación haya ocurrido, algo dentro de ella se ha desplazado.
Es fácil pensar que estos diálogos interiores son solamente repeticiones de lo que no pudimos resolver. A veces lo son. Pero también pueden mostrar el movimiento de una comprensión que todavía está buscando su forma.
La persona imaginada funciona entonces como una presencia frente a la cual ordenamos algo propio. Le explicamos lo sucedido y, al hacerlo, escuchamos nuestra propia explicación. Anticipamos una objeción y descubrimos cuánto necesitamos defender determinada versión. Imaginamos una respuesta que nos incomoda y advertimos que una parte de nosotros ya sabía algo que todavía no quería reconocer.
Nada de esto garantiza que comprendamos mejor al otro. La persona que participa en esa conversación imaginaria ha sido construida con nuestros recuerdos, expectativas y temores. Puede parecerse mucho a quien conocemos y, al mismo tiempo, estar hecha casi enteramente de aquello que suponemos que diría.
Por eso, cuando la conversación real finalmente ocurre, suele ser diferente.
El otro responde algo que nunca habíamos previsto, guarda silencio donde esperábamos una explicación o concede poca importancia a aquello que durante meses había ocupado nuestras conversaciones interiores. Todo el diálogo cuidadosamente preparado pierde entonces su forma en unos pocos minutos.
También puede suceder que el encuentro nunca llegue.
Los años pasan, las circunstancias cambian y aquella conversación que parecía imprescindible deja lentamente de pedir un lugar en la realidad. Un día advertimos que hace tiempo no volvemos a ensayarla. No hubo explicación definitiva, ninguna frase consiguió cerrar lo ocurrido y nadie pronunció las palabras que habíamos esperado.
Simplemente dejó de ser necesario continuar hablando por dentro.
Entonces puede hacerse visible algo que permanecía oculto mientras preparábamos una y otra vez aquel encuentro: la conversación nunca estuvo esperando únicamente al otro.
También nosotros necesitábamos escuchar lo que todavía no sabíamos decirnos.