Lo que cambia mientras seguimos haciendo lo mismo
Hay períodos en los que la vida parece permanecer casi inmóvil. Nos levantamos a horas parecidas, recorremos los mismos lugares, hablamos con las mismas personas y repetimos tareas que conocemos tan bien que apenas necesitan atención. Los días se suceden con una continuidad que puede hacernos pensar que nada importante está cambiando.
Desde dentro, las transformaciones suelen ser difíciles de percibir.
Vemos a una persona cercana con frecuencia y no advertimos cuánto ha cambiado hasta encontrar una fotografía de algunos años atrás. Regresamos cada día al mismo barrio y apenas notamos que un comercio desapareció, que un árbol creció o que una casa fue reemplazada por otra. También nosotros nos miramos cada mañana sin reconocer los pequeños desplazamientos que el tiempo va dejando en el cuerpo, en las preocupaciones y en la manera de comprender aquello que nos rodea.
La repetición vuelve invisibles muchas transformaciones.
Cuando algo cambia lentamente, no existe un instante preciso que podamos señalar. Ningún día parece contener la diferencia completa. Cada jornada añade una modificación demasiado pequeña para ser observada y, durante mucho tiempo, todo conserva una apariencia conocida.
Lo mismo ocurre con aspectos menos visibles de la experiencia.
Una preocupación que durante años ocupó un lugar importante puede comenzar a perder intensidad sin que sepamos cuándo empezó a hacerlo. Una amistad cambia de forma. Algo que antes deseábamos deja de parecernos indispensable. Una costumbre se abandona sin decisión alguna y cierta manera de pensar, que parecía profundamente nuestra, deja lentamente de regresar.
Continuamos viviendo y el cambio ocurre dentro de esa continuidad.
A veces necesitamos distancia para advertirlo. Volvemos a un lugar después de mucho tiempo y reconocemos cada esquina, aunque nada parezca exactamente igual. Encontramos un objeto guardado, releemos unas palabras antiguas o escuchamos una canción que durante años no habíamos oído. Entonces aparece por un instante la medida de todo lo que ocurrió entre aquel momento y este.
Lo extraño es que estuvimos presentes durante todo ese tiempo.
Atravesamos cada uno de los días que produjeron la transformación y el resultado puede sorprendernos. Esperamos que los cambios importantes tengan un comienzo reconocible, cuando muchos de ellos se forman mediante pequeñas variaciones que nunca llegan a reclamar nuestra atención.
Por eso resulta tan difícil saber cuándo termina una etapa.
No siempre hay una puerta que se cierre. Seguimos realizando los mismos gestos durante algún tiempo, aunque su significado ya haya comenzado a cambiar. La vida conserva exteriormente una forma conocida mientras algo se desplaza silenciosamente por dentro.
Hasta que un día observamos aquello que parecía igual y descubrimos que ya no lo es.
No necesariamente porque algo haya cambiado de repente.
Sino porque el cambio llevaba mucho tiempo ocurriendo mientras nosotros seguíamos haciendo casi lo mismo.