Nunca Terminamos de Llegar
La aceleración silenciosa de la vida moderna
Prólogo
Una sensación acompaña a muchas personas durante gran parte de sus vidas sin llegar a mostrarse con claridad. No suele presentarse como una preocupación definida ni como una pregunta fácil de formular. Se mezcla con la experiencia cotidiana, entre los pensamientos habituales y las pequeñas decisiones que llenan los días, hasta adquirir la forma de una impresión persistente: algo importante todavía no ha ocurrido por completo.
Resulta difícil precisar en qué consiste. No está asociada necesariamente a un problema concreto ni desaparece cuando alguna dificultad encuentra solución. Puede surgir durante jornadas ordinarias, en momentos en que aparentemente nada falta y la vida sigue su curso habitual. Incluso entonces conserva la capacidad de insinuar que una parte de la existencia aún no termina de comenzar.
La sensación no siempre adopta la forma de un gran sueño o de una ambición extraordinaria. Con frecuencia aparece en expectativas más discretas: las cosas estarán mejor cuando dispongamos de más tiempo, cuando disminuyan ciertas preocupaciones, cuando el trabajo resulte menos absorbente, cuando la situación económica ofrezca mayor tranquilidad o cuando alcancemos una claridad que todavía parece lejana. Muchas personas atraviesan el presente acompañadas por la idea de que antes deben resolver algo para poder habitar plenamente su vida.
Entretanto, los días transcurren con absoluta normalidad. Hay reuniones, cuentas por pagar, compras para la casa, conversaciones repetidas, proyectos que avanzan y otros que apenas comienzan. Las responsabilidades vuelven a ocupar el lugar de las anteriores. Cuando una tarea concluye, otra reclama atención. Las semanas se suceden con una continuidad tan familiar que resulta difícil reconocer el momento en que una etapa deja paso a la siguiente.
Nada de esto despierta extrañeza porque hemos aprendido a vivir de esa manera. Desde muy temprano dirigimos la mirada hacia aquello que todavía no ocurre. Estudiamos pensando en el trabajo que tendremos. Trabajamos imaginando mejores condiciones. Ahorramos para situaciones futuras. Organizamos el presente alrededor de escenarios que aún no existen. Incluso buena parte de nuestras conversaciones gira en torno a lo que vendrá: el próximo proyecto, el siguiente viaje, una decisión pendiente o el cambio que podría modificar las circunstancias actuales.
Con los años, esa orientación deja de sentirse como una elección. Ya no advertimos que una parte de nuestra atención se encuentra instalada unos pasos por delante del momento que vivimos. El futuro deja de ser únicamente una dimensión del tiempo y adquiere una presencia más cercana. Allí depositamos expectativas, deseos, promesas de descanso y la esperanza de alcanzar una tranquilidad situada más adelante. No se trata únicamente de planificar. También comenzamos a vivir emocionalmente en un tiempo que todavía no ha llegado.
El presente empieza entonces a perder espesor sin que nada parezca haber cambiado. Los acontecimientos siguen ocurriendo donde siempre ocurrieron, pero una parte de su significado depende de aquello que vendrá después. Cada etapa adquiere valor porque conduce hacia otra, y cada logro revela pronto una nueva dirección capaz de atraer la mirada.
Las personas alcanzan objetivos que durante años parecieron decisivos. Resuelven problemas que ocuparon una parte importante de sus pensamientos. Llegan a lugares que alguna vez imaginaron como verdaderos destinos. Durante un tiempo aparece la satisfacción esperada. Luego esos logros se incorporan a la normalidad. Lo extraordinario pierde su carácter excepcional y pasa a formar parte del paisaje habitual. Desde allí surge otra preocupación, una posibilidad distinta o una nueva expectativa.
No siempre se trata de ambición ni de una incapacidad para valorar lo que ya existe. El movimiento parece pertenecer a una dimensión más profunda de la experiencia humana. Vivimos orientados hacia aquello que falta con tal naturalidad que apenas reconocemos cuánto influye esa dirección en la manera de interpretar nuestra vida. La sensación de avanzar termina mezclándose con la sensación de vivir, hasta que ambas parecen inseparables.
Puede aparecer entonces una inquietud difícil de nombrar incluso cuando la vida funciona razonablemente bien. No existe una crisis evidente ni una carencia urgente. Se han construido vínculos, proyectos y cierta estabilidad. Dentro de todo ello continúa insinuándose la impresión de que hay un lugar al cual llegar o una condición que alcanzar antes de sentirse completamente instalado en la propia existencia. Esa expectativa no reclama atención de manera abierta. Acompaña los días con la familiaridad de aquello que ha estado presente durante mucho tiempo.
Este libro nace de la observación de ese fenómeno. No pretende condenarlo ni celebrarlo. Tampoco propone métodos para desacelerar la vida o alcanzar una forma ideal de presencia. Su interés se encuentra en otro lugar: mirar con detenimiento una experiencia tan habitual que ha terminado por volverse invisible; acercarse al movimiento que organiza decisiones, esfuerzos y expectativas sin que reconozcamos plenamente su influencia.
Una parte considerable de la vida contemporánea transcurre en esa inclinación hacia un punto situado más adelante. Mientras la atención se dirige hacia lo que falta, los días ocurren, las estaciones cambian, los vínculos se transforman y los años avanzan. La sensación de llegada vuelve a desplazarse, aunque la vida nunca haya dejado de suceder.
Ese movimiento no nos aparta de la existencia. Modifica la manera de habitarla. Las conversaciones, los trabajos, las casas y los proyectos cambian con el tiempo. Lo que suele quedar oculto es la inclinación persistente a sentir que la vida verdadera se encuentra en otra parte del recorrido.
Estas páginas se acercan a ese territorio: tan común que apenas lo observamos y tan decisivo que termina organizando una parte considerable de nuestra experiencia.
