Libro 12

Las Ciudades Invisibles que Habitamos

Vivir entre estructuras que casi nunca observamos.

Prólogo

Vivimos rodeados de calles, edificios, estaciones, comercios y ventanas iluminadas. Gran parte del tiempo apenas los miramos. La ciudad acompaña nuestros días con tanta constancia que dejamos de percibir algunos de sus detalles, del mismo modo en que un sonido familiar acaba por confundirse con el resto de la casa.

Aprendemos a movernos por ella mucho antes de preguntarnos qué lugar ocupa en nuestra vida. Caminamos por las mismas veredas, esperamos en los mismos cruces y repetimos recorridos que el cuerpo llega a conocer. Los árboles entre el cemento, las fachadas y las ventanas detrás de las cuales transcurren vidas ajenas siguen allí, mientras nuestra atención se dirige a los horarios y a lo que debemos resolver antes de volver a casa.

En esos espacios trabajamos, estudiamos, construimos relaciones, criamos hijos y atravesamos pérdidas. Algunas calles quedan ligadas a personas que conocimos; otras, a una época que terminó. Un lugar por el que alguien pasa sin detenerse puede guardar décadas de recuerdos para quien regresa a él. A fuerza de vivir en la ciudad, vamos encontrando en sus calles partes de nuestra propia historia.

Una estación puede ser un punto de tránsito o el lugar donde durante años esperamos a alguien. En una esquina buscamos todavía la fachada de un comercio que cerró hace tiempo. Cuando cambia un barrio, advertimos la ausencia de aquello que antes encontrábamos sin buscarlo. Seguimos haciendo los recorridos conocidos mientras aprendemos a reconocer lo que ha aparecido en ellos.

También nosotros cambiamos. Los caminos de la infancia dejan sitio a otros que hacemos para trabajar o visitar a quienes queremos. Una plaza a la que llevábamos a nuestros hijos adquiere otro aspecto cuando regresamos sin ellos. Ante un mismo lugar pueden aparecer el día que estamos viviendo y el recuerdo de ocasiones anteriores. La imagen que guardamos de una ciudad se forma entre esos encuentros.

Este libro se acerca a los trayectos repetidos, a los desconocidos con quienes compartimos los días y a los espacios que atravesamos sin detenernos. Se acerca también a los ritmos que aprendemos al vivir entre otros y a los lugares que seguimos recordando después de haber dejado de frecuentarlos. Muchos nos acompañaron durante años antes de que pensáramos en ellos como parte de nuestra vida.

Una mañana cambiamos de camino por una obra en la calle y llegamos a una esquina que conocíamos desde otra época. Nos detenemos para orientarnos. Hay comercios nuevos y gente que espera para cruzar; reconocemos, entre ellos, la entrada de un edificio frente al que solíamos encontrarnos con alguien. La luz cambia y seguimos andando por una calle que ahora debemos aprender de nuevo.

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